El gallo y la gallina

Catedral de Santo Domingo de la Calzada

Santo Domingo de la Calzada (La Rioja) forma parte del Camino de Santiago, por lo que son muchos los peregrinos que paran y pernoctan en esta villa en su periplo y aprovechan para venerar las reliquias del santo que se encuentran en la Catedral. Allí se puede contemplar una hornacina en la que se encuentran un gallo y una gallina, ambos de color blanco, vivos durante todo el año, cambiándose las parejas cada mes. La razón de la presencia del gallo y de la gallina responde a una antigua leyenda:

Los padres escucharon con lágrimas en los ojos la sentencia del corregidor que condenaba a su joven hijo a morir en la horca. Una sentencia injusta porque su hijo no había robado nada, e injusta porque lo único que les había llegado el día anterior a aquel lugar era descansar de su peregrinación a la tumba de Santiago.

Un viaje que realizaban como una promesa al Apóstol tras tener a su primer y único hijo con el que Dios les había bendecido. Tras diez años, aquel matrimonio no había conseguido descendencia y todos los días rogaban al Señor por ver cumplido su mayor deseo: ser padres. Un día habían oído hablar de aquel sepulcro que se encontraba en el fin del mundo, en la parte más septentrional de Europa, donde miles de peregrinos acudían cada año a darle las gracias. Así, prometieron que viajarían hasta aquel lugar desde su casa en Alemania, sin importarles la distancia y las penurias. Irían ellos dos y el hijo que viniera. Y entonces nació Hugonell, un hermoso niño que creció en el ambiente religioso de sus padres y que desde que empezó a crecer dio muestras de su bondad. Cuando cumplió los dieciséis años, decidieron cumplir la promesa de peregrinar a Santiago de Compostela. Tras los preparativos del viaje, salieron dispuestos a recorrer aquel camino milenario hacia el fin del mundo.

Tras varias semanas de caminar, llegaron a aquel lugar: Santo Domingo de la Calzada, donde buscaron una posada para descansar. Ya desde el principio los padres observaron que la hija del posadero coqueteaba con su hijo. No cabía duda de que aquel joven muchacho de cabellos rubios y ojos azules atraía a la muchacha. Pero confiaban en su virtuoso hijo resistiría a los requiebros de la joven. Además solo pasarían una noche en aquel lugar.

Al día siguiente, muy temprano, volvieron al camino. Fue entonces cuando unos jinetes se acercaron a ellos y tras identificarse el aguacil, este se dirigió a Hugonell pidiéndole que devolviera algo que había robado. El muchacho negó robo alguno, pero entonces registraron su bolsa, encontrando una copa de plata, con gran sorpresa y asombro por parte de los peregrinos. Los tres fueron llevados de regreso a Santo Domingo para ponerlos ante el corregidor, siendo acusado Hugonell del robo. Allí supieron que la hija del posadero le había denunciado por robar la copa. Los padres entonces comprendieron que aquella falsa acusación era debida al desdén del joven por la muchacha. Pero de nada sirvió el alegato de inocencia del joven ni los ruegos de los padres:   Hugonell fue juzgado por robo y en cumplimiento del Fuero de Alfonso X el sabio, condenado a morir en la horca, siendo conducido al  cadalso.

No querían ver la muerte de su hijo y, tras escuchar la sentencia, reanudaron el camino a Santiago. Cumplirían su promesa de agradecimiento por aquel maravilloso hijo y aceptarían con resignación su triste suerte. Todos los días rezaban por la salvación de su hijo. Y en Santiago rezaron durante varios días ante la tumba del Apóstol pidiendo que se les llevara a ellos con su hijo porque su vida sin él ya no tenía sentido.

Pasados unos días, regresaron a su casa. Pasarían de nuevo por Santo Domingo para dar cristiana sepultura al cuerpo de su hijo. Cuando llegaron a la ciudad, vieron que el cuerpo de su hijo aún seguía colgado del patíbulo. Se acercaron a él para bajarlo. Fue entonces cuando, de repente, escucharon la voz de su hijo. Les reprochó que dudaran en algún momento de los designios divinos. Maravillados al oírle, corrieron a abrazar a su hijo, y éste les contó entonces como se le había aparecido la Virgen María, acompañada de un venerable anciano que le dijo ser Santo Domingo de la Calzada y como entre los dos le habían sujetado por los brazos, para librarle de la muerte y que no recibiera el menor daño, dándole toda clase de consuelos y cariño.

Los padres, llenos de alegría y felicidad, fueron a dar cuenta del milagro al corregidor, pero éste, que se hallaba comiendo, tras escucharles empezó a reir y a burlarse de ellos, diciéndoles señalando a un pollo asado que estaba sobre la mesa: “Tan imposible es que este pollo resucite como que vuestro hijo viva”. Fue entonces cuando se obró el milagro. Ante la vista de todos los presentes el pollo cobró vida y se levantó de la cazuela, batiendo las alas, voló, y diciendo: “Bendito es el Señor en sus santos”, dejando a todos boquiabiertos. Salieron entonces todos de la casa del corregidor y se dirigieron hacia el patíbulo donde se encontraba el ajusticiado, que tal y como los padres habían dicho, se encontraba con vida. Tras bajarlo de la horca, se lo entregaron a los padres.

Ante aquel milagro que demostraba la inocencia del muchacho, el corregidor llamó a su presencia a la hija del posadero. Esta, ante lo que estaba sucediendo y acosada por las preguntas del juez, confesó su crimen, siendo ella condenada a muerte en la horca. Fue entonces cuando los padres del muchacho apelaron al prodigioso milagro que había evitado una injusta muerte. Dios no había querido la muerte de su hijo y tampoco querría castigo alguno para la joven, por lo que pidieron el perdón para ella. El tribunal estuvo de acuerdo con ello y modificaron su sentencia, cambiando la pena de muerte por el ingreso de la joven en un convento de monjas para que allí hiciera penitencia y se hiciera merecedora del perdón de Dios.

Desde ese día y en recuerdo de esta leyenda, se mantienen en el interior de la Catedral un gallo y una gallina vivos, de color blanco, que son cambiados mensualmente por el encargado del gallinero. Frente a esta hornacina que se construyó hacia 1445 y debajo de una ventana románica se conserva un trozo de la madera de la horca del peregrino. Asimismo, es el único templo del mundo que tiene animales vivos en su interior gracias a una Bula del papa Clemente VI concedida el 6 de octubre de 1350 y conservada en el Archivo Catedralicio.

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