El gigante de Benidorm

Érase un gigante llegado a Levante desde las frías tierras del norte de Europa en busca de un clima más agradable. El gigante, de nombre Roldán, eligió una montaña a cuyos pies se encontraba un pequeño pueblo de pescadores en un lugar que le llamó la atención por el color azulado de las aguas del mar. Tenía su casa junto a un río, llamado Algar, que surgía impetuoso en forma de cascada. El gante había encontrado todo lo que deseaba. O casi todo. Ansiaba tener una compañía junto a él. Pero no era fácil para un gigante cumplir aquel deseo, pues, aunque era un ser pacífico, su alta estatura asustaba a los lugareños cuando le veían llegar. Por ello, bajaba hasta el mar a última hora de la tarde, con el crepúsculo, cuando ya los pescadores descansaban en sus casas. Luego regresaba a su cueva y pensaba en su soledad.

Fue una tarde de primavera, en los que los días son más largos cuando el gigante se bañaba en una cala solitaria cuando, de repente, sorprendió a una muchacha que aún recogía conchas en la playa. Ambos se quedaron paralizados mirándose en silencio. El gigante quedó prendado de aquellos ojos de un azul igual al del mar y de aquellos cabellos tan dorados como los de los rayos de sol. Pero lo mejor de todo es que aquella muchacha no salió huyendo ante su presencia, sino que permaneció mirándole. Incluyo la vio asomar una sonrisa. Roldán se acercó a ella y la tendió la mano. Ella aceptó. Desde entonces, Roldán dejó de estar solo.

Junto al río, Roldán construyó la más bella casa jamás vista y desde aquel tranquilo y solitario lugar ambos enamorados contemplaban el azul del mar, al que acudían cada tarde a bañarse.

Una mañana, el gigante se encontró a su amada muy enferma. Su frente ardía y sus fuertes dolores desesperaban a Roldán. Decidió bajar al pueblo y buscar a un sabio hechicero que vivía en el pueblo, al que le describió el estado de su amada. Tras escucharle, el hechicero le miró fija y severamente y sus palabras golpearon con violencia en los oídos de Roldán: la enfermedad no tenía remedio ni cura alguna y le recomendó que solo su amor aliviaría su enfermedad. Roldán regresó a toda prisa a su casa, junto a su amada. Pese a su cariño y cuidados, la salud de la mujer no mejoraba y su estado era cada vez peor, mientras él se desesperaba viendo cómo ella se apagaba. No podía creer que aquella enfermedad no tuviera remedio alguno y, entre desesperado y enfurecido, decidió bajar de nuevo al pueblo para castigar al hechicero convencido de que este le había engañado.  Pero apenas iniciado el camino, se encontró al hechicero en lo alto de un peñasco apoyado en su cayado. Iba en su busca para ver a la enferma. En la casa, el hechicero examinó a la enferma. Su gesto no dejaba dudas sobre lo que acontecía. El viejo le dijo a Roldán que la muchacha estaba tan enferma que cuando el último rayo de sol desapareciera aquel día, moriría sin remedio. El gigante miró entonces hacia el sol. En aquel momento se encontraba en el punto más alto del firmamento. Las horas del día avanzaban y la salud de su amada empeoraba.

El sol empezaba a ocultarse tras la montaña y entonces Roldán se dirigió allí y golpeó con todas sus fuerzas la cima de la montaña, arrancando un trozo de ella con el fin de alargar un poco más el día y, con ello, la vida de su compañera. La roca arrancada cayó ladera abajo y se adentró en el mar,  quedando allí, en medio, formando una pequeña isla.

Roldán había conseguido unos minutos más de sol para estar con su compañera, hasta que esta expiró. Luego, la cogió en sus brazos y se dirigió hacia la playa con el crepúsculo ya en el horizonte. La luz de la luna iluminaba el camino y le conducía directamente hacia aquella isla levantada por la roca caída. Roldán comprendió que aquella luz era una señal y que en aquella roca levantada en medio del mar estaba la respuesta. Y hasta allí se dirigió. Las plateadas aguas del mar iban cubriendo sus cuerpos, hasta que finalmente ambos quedaron sumergidos, justo antes de llegar a la isla. Allí vivirían su amor eterno.

 

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