Lerma

Plaza Mayor. Foto: J.A. Padilla

Lerma ocupa un lugar estratégico a orillas del río Arlanza, por lo que a lo largo de la historia se ha convertido en cruce de caminos. La villa, como se puede imaginar, está vinculada a la presencia del Duque de Lerma, quien tras el traslado de la corte de España a Valladolid en 1601, trató de crear una corte propia en Lerma.

Arco de la Cárcel. Foto: J.A. Padilla

El núcleo histórico de Lerma, perfectamente identificable desde la distancia, se extiende sobre las laderas de una colina y aún conserva algunos rincones del primitivo recinto medieval, como la antigua Plaza de la Villa, o Plaza Mayor, con sus soportales, o el Arco de la Cárcel, puerta principal de entrada por la que fuera su muralla, única puerta que se conserva de la antigua muralla medieval. Tiene dos torres defensivas con troneras y una ampliación de ladrillo realizada en 1610 para convertir el arco en cárcel.

Plaza Mayor. Foto: J.A. Padilla

La Plaza Mayor de Lerma es su punto más importante. En su origen estaba totalmente porticada, y es una de las plazas más grandes de España. En uno de sus lados se encuentra el antiguo Palacio Ducal, construido por el duque de Lerma en 1617, en estilo herreriano en el lugar que ocupaba el antiguo castillo medieval.

Palacio Ducal. Foto: J.A. Padilla

Recuerda mucho a otros palacios, como el del Pardo, en Madrid, aunque con sus cuatro torres también recuerda al Monasterio del Escorial. El Palacio Ducal fue cedido al duque de Lerma por el rey Felipe III, de quien era amigo de la infancia. En la actualidad es el Parador Nacional. En su origen tenía unos inmensos jardines junto a la orilla del río con fuentes, palacetes, y siete ermitas, de las que queda una, llamada del Cristo. Su arquitecto fue Francisco de Mora, considerado uno de los mejores de la época.

Palacio Ducal. Foto: J.A. Padilla

En una plaza contigua se sitúa el Convento de San Blas, de 1627, en la actualidad habitado por monjas dominicas, y donde se conserva un gran relicario.

Convento de San Blas. Foto: J.A. Padilla

Siguiendo nuestro paseo encontramos la Colegiata de San Pedro. Precisamente el recorrido entre la Plaza Mayor y esta Colegiata lo hacían los reyes y el Duque de Lerma a través de un túnel, conocido como Pasadizo Ducal, el cual se puede visitar en la actualidad.

Colegiata de San Pedro. Foto: J.A. Padilla

La citada Colegiata de San Pedro fue construida en la misma época que la colegiata, es decir, a principios del siglo XVII, y en su interior se observa una planta de tres naves con girola y un crucero. Lo más importante es el retablo original y, sobre todo, el sepulcro en bronce de Cristóbal de Rojas y Sandoval, así como los dos órganos de 1616. En la sacristía se encuentra una enorme mesa de mármol taraceada regalo del Papa, la cual el duque ocultaba al rey cuando iba a Lerma.

Plaza de Santa Clara. Foto: J.A. Padilla

Otro rincón destacado es la plaza de Santa Clara, con el sepulcro del famoso guerrillero de la Guerra de la Independencia conocido como “el cura Merino”. En esta plaza se abre el Mirador de los Arcos, desde se observan unas espectaculares vistas panorámicas de la vega del río Arlanza.

Mirador de los Arcos. Foto: J.A. Padilla

En el centro de la plaza, se encuentran los restos del famoso héroe y guerrillero de la Guerra de la Independencia, Jerónimo Merino Cob, conocido como “El Cura Merino”. En 1808 los ejércitos franceses saqueaban los pueblos de la comarca para aprovisionarse de víveres, siendo repelidos por el Cura Merino con una partida de 2000 hombres. Por sus acciones victoriosas fue nombrado Capitán y Teniente Coronel sucesivamente. Ganó 58 batallas a las tropas franceses y de él dijo Napoleón que “prefería la cabeza de ese cura a la conquista de cinco ciudades españolas“. Falleció exiliado en Alençon (Francia) en 1844; y desde mayo de 1968 descansan sus restos junto al “Balcón de Arlanza”.

Monasterio de la Ascensión de Nuestro Señor. Foto: J.A. Padilla

En la misma plaza se encuentra el Monasterio de la Ascensión de Nuestro Señor, llamado también el Convento de Santa Clara, el cual fue construido en el año 1604, y fundado por doña Mariana de Padilla Manrique, nuera del duque de Lerma.

Monasterio de la Ascensión de Nuestro Señor o de las Clarisas. Foto: J.A. Padilla

Siguiendo con la lista de monumentos, encontramos el Monasterio de la Madre de Dios o convento de Santo Domingo, un edificio religioso actualmente desacralizado. Construido por el duque de Lerma para albergar la Orden de los Dominicos, data de principios del siglo XVII. Es obra de fray Alberto de la Madre de Dios. El retablo mayor fue proyectado por Juan Gómez de Mora.

Monasterio de la Madre de Dios. Foto: J.A. Padilla

El catálogo de iglesias y monasterios es inagotable en Lerma, y a veces los encontramos de repente, casi tropezando con ellos, confundidos entre el trazado urbano y el urbanismo medieval de la villa. La calle Mayor, que va desde el Arco de la Cárcel hasta la Plaza Mayor es un buen ejemplo de ello.

Foto: J.A. Padilla

Muchos son los rincones que encontramos en las empedradas calles de Lerma y muchas son las casas que aún se conservan de la época en la que Lerma tuvo su más importante desarrollo.

Escuela de niñas. Foto: J.A. Padilla

La situación estratégica de Lerma ha favorecido, a lo largo de la historia, la presencia de culturas tales como los vacceos, romanos, visigodos y árabes. Será en el siglo X cuando los cristianos se asentarán a esta comarca y desplazarán a los árabes hacia el sur, atrayendo a la clase nobiliaria y eclesiástica.

Foto: J.A. Padilla

De toda aquella época esplendorosa ha quedado una profunda huella en Lerma, que hoy podemos apreciar. Como es obligatorio apreciar en Lerma y en toda la comarca su extraordinaria gastronomía, con su estrella principal: el cordero asado, un manjar que atrae a miles de visitantes que creen en aquello de que “al alma del hombre se llega a través de su estómago”.

Foto: J.A. Padilla

 

 

 

 

 

 

 

 

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